De Binissalem a Barossa Valley
Cuando llegas a una bodega (cellar en inglés) te dan una carta, y se suele empezar con los blancos y los espumosos. Tintos jóvenes. Después crianzas y reservas. Y al final -si los hay- los fortified (estilo jerez, oporto, etc). Si te gusta alguno puedes comprar botellas y si no, vuelta a la carretera y a la siguiente bodega.
Lo que si es cierto es que empezamos catando con cierta timidez, y en las últimas bodegas ya declarábamos sin el menor empacho: “este se pasa mucho de taninos al final, tal otro tiene tonos de albaricoque y melocotón” que lo mismo podíamos estar catando tintos que biofrutas de pascual. Sin complejos.
También ayuda el hecho de que los sumilleres (o como se llamen los fulanos que te sirven el vino) eran muy amables. Había uno joven, todo un showman, con sus tatuajes y todo, que mientras cataba un riesling se ponía a hacer posturitas de surfero, y todos los allí presentes descojonados vivos. Pero luego el colega soltaba su parrafada sobre las cualidades del riesling y se notaba que controla el tema. O que tiene buena memoria y mucha gracia, el cabrón.
La comida estuvo genial, en los jardines de una de las bodegas, con su cesped, su riachuelo, los eucaliptos, mesas y bancos de madera. Compramos una botella de vino tinto y unas bandejas con queso curado, aceitunas, almendras, jamón, salchichón y pan. Y nos prestaron las copas, platos y cubiertos. Y con un sol espléndido.

que recuerdos al leer Binissalem, me acorde de un vino muy bueno que me trajo mi novio de su isla, y me conto un poco sobre aquel pueblecito al pie de la Sierra de Tramuntana que produce este vino tan rico!
Saludos desde Irlanda.
Maria
http://laislaesmeralda.blogspot.com